jueves, 26 de junio de 2008

Anorexia grasosa y tal vez... algo pesada.


Deambulan por la vieja rambla de aquel opulento condominio sus quebradizos pies como dos cristales de sal, oreando su frágil cuerpo contra el sentido del viento y duda en mente pensaba qué le deparaba la vida en el futuro. En fin, con su vieja mochila en la mano, iba camino a la escuela donde esperaban la mofa, el sarcasmo y la ironía como trilogía maldita de sus compañeros, quienes haciendo mal uso de su albedrío relegaban a su extraño compañero en ingrata confabulación con su tutor, quien a su vez avalaba a sus alumnos mofándose de él. Pero qué iba hacer en contra de tanta arrogancia y opulencia acumuladas en en su misérrimo juicio. Juicio del cual brotaban las más absurdas ideas y pilares del supuesto saber humano y la suspicacia correlativa.

Solicitó el consentimiento para entrar al presunto templo del saber y alma máter del hombre. Se sentó discretamente en la última carpeta y suspiró haciendo un gesto de disgusto con la boca. El tiempo pasaba y se avecinaba el esperado receso por la mayoría. Sonó la campana y todos salieron vertiginosamente como una estampida de toros salvajes y hambrientos; él con su venerable paciencia salió paulatinamente al gran manto verde y salpicado del liceo. Debido a su atroz problema médico, se limitó a sentarse en el terraplén más próximo a su aula. Haciendo uso de su gran raciocinio se le vino la grasosa y repugnante idea de devorar el paupérrimo intelecto humano, mezclado con la arrogancia de las personas más allegadas a él y la fatiga de un pésimo día de estudios; sazonar este guiso con algo picante como una salsa de mentiras encubiertas y loas puritanas. Finalmente decorar este gran platillo con el sano juicio de un misérrimo anoréxico que no sabe si cada día está mas cerca de la muerte o de la inmortalidad mental.

El tañido de la campana interrumpió su realidad incierta y a su vez llamaba a los judas de la amistad, a los hermanos de José a aquellos traidores del sosiego. Entraban. Esta vez se sentaron alrededor suyo tal vez para excusarse por sus insidiosas actitudes, pero no, lo hicieron simplemente para consumar sus más últimas befas acerca de su deprimente apariencia. Terminó el día de estudios. Otra vez a deambular a través de las sombrías y oscuras calles de la ciudad. La noche había cubierto ya con su manto atezado la bóveda celeste y salía la lúgubre luz lunar que alumbraba con dificultad las frías aceras. El aguacero aumentaba y con él su escasa probabilidad de seguir con vida; con su vieja mochila no pudo soportar más el porvenir de la vida. Se dice que la muerte es tan astuta que nos da una vida de ventaja y finalmente termina ganándonos. Así es, aquel muchacho de los pies quebradizos feneció en la calle como cualquier lastre que hubiera caído por acción del destino en medio del camino. Nadie pasó por ahí, nadie se preocupó, nadie cuestionó la muerte del muchacho.La insólita realidad era agobiante; estaba solo, como la mayor parte de su vida estuvo. Solo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡No, Carlos, no! ¡No te vuelvas anoréxico! O es que padeces de una anorexia mental... No dejes a tu psique fenecer... La vida es bélle.

Jonathan? dijo...

Ya fenecerán aquellos en cuya habitación la cortina abrieron de par en par...